PONENCIA I. Lo femenino en Platón.

Universidad Pedagógica Nacional.

Licenciatura en Filosofía.

Preseminario.

Sergio Useche T.

El estatuto de lo femenino en la Obra platónica.

Introducción.

En la obra de la República (Πολιτεία), el filósofo ateniense Platón (427-347 a.c) planteó un modelo de educación que fuera el mismo tanto para mujeres como para varones[i], especialmente de las clases altas, ya que éstas  gozaban de una estrecha  relación para con los asuntos del Estado y su pleno desarrollo, pero haciendo una exclusión de las mujeres en lo que se refería la ‘erótica’, y en consecuencia a la justicia.
El hilo conductor de la presente ponencia será el género y estatus de lo femenino en la obra del filósofo, y el propósito será evidenciar que tanto se acerca el filósofo a una equidad entre los géneros o si se distancia y que a pesar de que el silencio puede ser la respuesta en muchas de las preguntas que se le plantean a los textos, como afirma Amelia González, en su tesis doctoral ‘Lo femenino en Platón’[ii] se acudirá principalmente a los mismos textos platónicos y a la alusiones y analogías que este plantea en sus textos respecto a lo femenino.  
Así, un personaje central en la obra platónica: Sócrates, a lo largo de la historia del pensamiento occidental ha sido uno de los referentes más importantes para todas las épocas, siendo por la mayoría de estudiantes, profesores y pensadores una figura que genera admiración y respeto, más que un desprecio o una burla. Principalmente esa razón de admiración y respeto que genera en muchos, es el hecho de que fue capaz de dar su vida propia por lo que consideraba correcto. Basando siempre su juicio en una justa medida (saber medir), que consistía en saber lo que era la apariencia y lo que era verdad, guiando sus acciones y comportamientos únicamente por lo que el razonamiento afirmara por verdadero: las dos características atribuidas a Sócrates fueron la templanza y la austeridad.

Sócrates: el virtuoso.
Sócrates, un hombre ateniense es el personaje principal de la mayoría de diálogos platónicos, y aunque Platón no aparece casi nunca en ellos, es difícil según estudiosos afirmar si Sócrates era una figura de la que se servía Platón para exponer y representar sus ideas, o si en efecto, sus diálogos constituyen más bien una fiel narración construida a partir de la vida real de Sócrates. Sea uno o el otro caso, Sócrates representaba para la mayoría de sus discípulos y amigos una figura de autoridad moral y de total respeto. Educaba a políticos pero no aspiraba a la política, no era ateo como también se le llegó a acusar, pues creía en los dioses y hacía caso importante a los designios de los oráculos[iii], que afirmaban que él era el más sabio de todos los atenienses;  además participaba también en las fiestas del pueblo, a pesar de que este no deseó nunca ejercer un papel de importancia política o militar en la  Polis o recibir un renombre o unos bienes materiales, cosas deseadas por la mayoría de los mortales.
Sócrates es un ejemplo en la obra platónica de cómo ha de conducirse el hombre en diversas situaciones y sobre todo, esas situaciones en las que la mayoría de hombres adoptaría una postura común a la naturaleza pasional del ser humano. Pero Sócrates, despreciando los placeres mundanos y preocupándose únicamente por vivir una vida recta, una vida que le condujera filosóficamente a la verdad, no prestó vaga atención a las consecuencias que se desprendían de su actuar.
 
Templanza Socrática.

La figura de Sócrates, tenaz y curioso, representada en los textos platónicos es siempre fiel a sí misma y a sus convicciones. No desviar su alma y caer en tentaciones respecto a placeres mundanos. Su búsqueda incansable fue la verdad y  su actitud fue siempre la del más tranquilo y sereno de los mortales, pues reconocía que actuaba conforme los designios de la razón. Incluso después ser juzgado e instantes previos a su ejecución, mantuvo la mayor claridad mental y no perdió la postura en ningún momento, como lo llegaron a hacer varios de sus más queridos amigos y discípulos que le acompañaron en sus últimos momentos.
Son muchas las razones que Sócrates tuvo para mantener su compostura en cada situación que se le presentaba, pero quizá la mayor de ellas es que siempre actuaba conforme a la búsqueda del conocimiento máximo, que es el conocimiento que debe aspirar todo filosofo: el conocimiento de la verdad.  Si sus acciones estaban siempre encaminadas a este propósito no había razón alguna para lamentarse.  Además, en sus últimos momentos de vida, luego de que se dictase una sentencia por la democracia ateniense que lo acusaba de corromper a los jóvenes y no creer en los dioses de la ciudad, tenía toda la libertad para abandonar Atenas y huir al extranjero, pues en su patria se le daba esa libertad a los juzgados, ya que lo que buscaba la sentencia era que sus conciudadanos no tuvieran que ver su presencia en ningún momento, y el exilio era equivalente a una muerte jurídica. Puede esto también considerarse como una herramienta de Sócrates para evidenciar y demostrar lo injusto del gobierno democrático con el que siempre estuvo en contra (que a cambio de innumerables libertades individuales, afectaba el bien común de todos) y de sus jueces, defensores de éste. Pues si un inocente era sometido a tal sentencia, sin duda alguna la ciudad y sus habitantes se detendrían si quiera un momento a reflexionar sobre la virtud o no de dicho gobierno.
Otra razón para mantener firme su templanza y serenidad en el actuar,  incluso en el fin, era el hecho de que hasta en esos momentos y en esas circunstancias, platicó y reflexionó con sus amigos sobre inmortalidad del alma y su posibilidad de existencia sin la necesidad del cuerpo. ¿Por qué habría de lamentarse si estaba próximo al fin máximo deseado por todo filósofo? Separar el alma de su cuerpo. Realmente solo una persona con un temperamento lo bastante forjado y maduro sería capaz de sopesar todas las circunstancia y clasificarlas en mejores y peores. Y ya llegada la conclusión: que el alma era eterna, imperecedera y no perteneciente a este mundo la muerte física solo bastaría unos minutos, a lo mucho. Pero la ganancia con esta sería incomparable: además de no tener ya que soportar los dolores y sufrimientos humanos, podría liberar su alma y esta podría volver al mundo al que pertenece.

Austeridad.
La austeridad fue otra de las dos características principales que Platón y varios discípulos le atribuyeron a Sócrates: temperancia y austeridad constituyeron la virilidad del maestro. La austeridad definida como sencillez y moderación era imperativa en la conducta de Sócrates: no comía si no tenía hambre, no bebía si no tenía sed. Podía incluso beber y conversar con sus amigos después de una agradable cena, sin terminar borracho como la mayoría de los presentes. Era una clara muestra-el paradigma- de un hombre que tenía por completo el gobierno de sí mismo, un gobierno que  por la justa razón podía actuar de la mejor forma en cada caso y determinar qué conducta estaba en armonía con la virtud y la verdad.
Incluso muchos de sus vecinos, ciudadanos de Atenas, le atribuyeron en repetidas ocasiones conductas a  relacionadas con lo femenino, pues al ser un hombre que se guiaba por la templanza y la austeridad, despreciaba toda riqueza y todo bien material, si tenía la oportunidad de conseguir algo que le diera poder y renombre, no lo hacía, no lo tomaba. En cambio, el pensamiento general era que la mayoría de los varones si haría cualquier cosa por conseguir estatus y prestigio.  Pero para Sócrates, el mantenerse alejado de la política, los bienes y placeres mundanos, era un ejercicio más bien práctico, pues si lo hubiera hecho  podría incluso haber muerto a mano de sus conciudadanos, personas que no aceptarían las lentas y a veces poco comprensibles  palabras de un filósofo que los inducía y alentaba a  mejorar su propia alma, mediante la abstención,  sino que preferirían intemperantes a un tirano despótico que les ayudará a encontrar el trabajo correcto para poder adquirir riquezas y bienes. Era eso lo que deseaban la mayoría de ciudadanos, poder y placer, y ante unas palabras de autogobierno de sí mismo y de abstención, lo que podía recibir eran burlas e insultos.

Lo femenino.

Así las cosas, las características positivas antes mencionadas de las que era portador Sócrates: temperancia y austeridad,  al parecer, podrían evidentemente ser producto de la relación y opinión que Sócrates tenía sobre la figura femenina. Afirmando este sobre el carácter  y el malgenio de su esposa, Jantipa, que este le ayudaba a moldear su propio carácter, para después poder conducirse de forma correcta frente a sus varones discípulos. Esa era la primera ventaja que podía adquirir él, hombre libre respecto de su esposa, encargada de criar hijos: que el malgenio de ella  le ayudaba a forjar un correcto carácter, y la segunda ventaja o utilidad que tenía su mujer para con él y para con la Polis, es que ésta paría los hijos. Haciendo así y mostrando de relieve una comparación entre ambos: entre lo masculino y lo femenino.  Una comadrona ayudaba a parir hijos, mientras que él ayudaba a parir ideas. Ella ayudaba a las mujeres, él a los hombres.
Pero esta ayuda y esa ‘formación’ de la que Sócrates se lucraba, se podía dar solo en un plano pre político, en el hogar, en la casa, no en la plaza de la Polis o en una discusión frente a sus discípulos, y además era una cuestión necesidad, como un rol que le estaba asignado a Jantipa por ser mujer: si era mujer y esposa, tenía que ayudar al marido a forjar un carácter justo y templado, además de criar a los hijos, todo en un plano privado, no público, no político.
Incluso Sócrates, siempre calmo y tranquilo para con sus discípulos se mostraba de un modo más fraternal y compresivo frente a ellos que frente a su propia esposa, siendo así, que en plena víspera de su ejecución pidió momentos antes de tomar la cicuta, veneno que terminara con su vida,  a los amigos que estaban presenten que se controlasen sus actitudes para no parecer mujeres y le permitieran el ritual silencio de la muerte, y sacasen a Jantipa de la habitación, la cual estaba llorando por el dolor de la injusta condena.

Conclusiones: lo femenino en Platón

En la mayoría de las analogías presentadas por Sócrates-Platón siempre que había mujeres presentes en los espacios de debate, se consideraba como inapropiado y disonante para la búsqueda de la verdad y el debate que se daba sobre ésta. Las mujeres, figura femenina excluida en muchos ámbitos en la democracia atenienses,  estaban  permitidas sólo hasta que iniciaba la conversación, salvo las acompañantes de las que iban acompañados los varones, las hetairas.  Pudiendo con esto dilucidar algunas realidades respecto al contexto que vivían mujeres y hombres: mientras Sócrates se hacía cada vez más sabio respecto a sí mismo gracias al temperamento de Jantipa, ella se mantenía  en el mismo estado de antes. La maternidad, relacionada principalmente con la mujer, era apreciada solo respecto a la utilidad que esta tenía de engendrar y cuidar  hijos. Mientras los hombres charlaban y debatían sobre asuntos importantes, asunto de justicia y virtud para alcanzar una situación de igualdad respecto a lo moral o intelectual, la mujer era, utilizando Platón la figura de Jantipa  considerada útil solamente es lo que respectaba al plano del hogar, es decir, al plano pre-político, a un lugar no público.
El estatus de equidad respecto a los géneros en la obra de Platón no alcanza fuerza: el que se muestra como virtuoso y los que aprenden son siempre los varones, las mujeres no estaban presentes en los debates filosóficos. Además, el estudio de la erótica era fundamental para alcanzar sabiduría y a su vez, justicia. Pero si la figura femenina era excluida del estudio de la erótica, tampoco podía acceder a su estatus de justicia dentro de la polis




[i] González, Tesis doctoral ‘Lo femenino en Platón, pg 6.
[ii] Ibid, introducción.
[iii] Oráculo de Delfos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

PONENCIA I. EL ANER AGATHOS.